5 ene. 2015

Pai, volveremos a vernos


Repleto de albergues dentro y fuera de los límites del pueblo, todos ellos rebosan un espíritu hippie y buenas vibraciones. Las hamacas son frecuentes en las terrazas de los bungalows, hecho por entero de bambú (suelo, paredes...) y con un techado de enormes hojas plegadas de Dipterocarpustuberculatus. El "Pai Circus School Hostel", en lo alto de una colina con estupendas vistas a las montañas, presta a sus huéspedes todo tipo de malabares (cariocas, bolos, diábolos) y otros enseres como monociclos o zancos. Cada día a las 3 PM organizan clases de artes circenses y, una vez ha caído el sol entre las frondosas cumbres, los más atrevidos impregnan de keroseno sus artilugios creando un ambiente mágico de fuego en movimiento.

Cada noche, sin faltas a la cita, el centro de la ciudad hierve de vida con sus puestos de pantalones, de manualidades hechas en cuero o de cualquier tipo de comida: desde una deliciosa sopa Tom Yong Kong a unos estupendos crepes con Nutella, pasando por el omnipresente pad thai o por toda clase de pinchos a la barbacoa y distintas partes de pollo frito.

En sus calles pueden comprarse prendas hechas por entero de cáñamo, masajes tailandeses por 150 Bath la hora (aproximadamente 4 euros), tiendas de te especializadas donde sirven "chupitos" de hierba recién exprimida o agencias ofreciendo paquetes de aventura para 3 días que combinan montañismo, rafting, contacto con tribus indígenas, cuidado de elefantes, supervivencia en la selva...

Vistas un par de cataratas próximas, a las que no se tardan 30 minutos en moto, un día me doy el capricho y pago la entrada a las hot springs o termas naturales. Las más calientes, a 85ºC, sirven de olla para cocer huevos en improvisados cestos de bambú. La granja orgánica que ofrece a sus visitantes frutas tropicales, el complejo de cabañas en los árboles junto al río, la cueva atravesada por el agua en kayak... Se me ocurren demasiadas ideas atractivas para regresar a este lugar tan maravilloso.

Chiang Mai, el Triángulo de Oro

Bangkok es grande y tiene mucho que ofrecer, pero la mayoría de visitas turísticas están concentradas en el mismo sitio y al quinto día de estancia empezaba a cansarme. No obstante tenía que esperar hasta el viernes para que los chinos me devolvieran mi pasaporte con un nuevo visado. Nada más recogerlo canjeé mi vale de Emirates para volar de Shanghai a Madrid el 21 de Diciembre.

Esa misma tarde un tren se ponía camino de Chiang Mai. Yo había reservado segunda clase con aire acondicionado, pero mi asiento correspondía a una cabina de primera , a compartir con una pareja de Tailandeses y un Bávaro dedicado al "control de calidad" de la cerveza que fabrican. Su peculiar nombre: Ludvig. Catorce horas después, congelados a causa del arcaico aire acondicionado (siempre a tope y sin poderse apagar siquiera) el revisor anunciaba la llegada.

Chiang Mai está enclavado en un plano entre montañas, al norte de Tailandia, cerca de las fronteras con Laos y Camboya. Tiempo atrás esta zona era conocida como el Golden Triangle, famosa por ser la mayor productora de opio y heroína del mundo entero. Al menos en Tailandia, eso ha desaparecido. Aunque saliendo de la ciudad aún puedes ver gente local que te ofrecen fumar opio en su trastienda.

Queda, sin embargo, ese espíritu hippie patente en sus calles, en los bares de ambiente relajado, en las casitas de bambú. Pronto los otros viajeros del hostes y amigos varios me hablan de Pai, una pequeña cuidad de 2.000 habitantes dedicada por entero al turismo, en plenas montañas, catapulta para recorrer en moto los bellos paisajes con terrazas de arroz listas para cosechar, descubrir cascadas ocultas, pasear por el cañón, adentrarse en sus cuevas...

Recorridos los múltiples mercados que cobran vida al atardecer y visitados algunos de sus templos, Ludvig y yo, junto con dos chicas también alemanas, nos montamos en el mismo mini-bus con dirección a Pai.

Templos y mercados


Wat Pho, Wat Traimit, Wat Arun. Son algunos de los muchos templos que puedes encontrar en pleno centro de la ciudad de Bangkok. Cada uno podría rebautizarse con un nombre más indicativo que hiciera referencia a su peculiaridad: Buda Reclinado, Buda de Oro o Templo del Amanecer. Si, lo has adivinado: aquí son mayoritariamente budistas.

Entre uno y otro templo me escapo al Chinatown para agasajar a mi estómago con unos dumplings al estilo de Hong Kong después de un aperitivo callejero: oreja de cerdo a la parrilla. Dejé la barbacoa de intestinos, que también tenían, para otra ocasión.

En busca de uno de los muchos mercados nocturnos, hice un alto en un parque. Quién me iba a decir a mi que, junto al contorsionista, nadando en el lago o subiendo a un árbol iba a poder ver a unos lagartos de más de un metro de largo campando a sus anchas. Ya en el mercado de Patpong, un rápido reconocimiento no deja en mí ninguna experiencia merecedora de mención. Si acaso, el pedir una cerveza que el camarero me invite a tomarla dentro y, una vez en la barra, se suban 5 chicas numeradas a bailarme. Es triste, pero una realidad palpable la de la prostitución ampliamente extendida y accesible. Incluso el taxista, camino de mi dormitorio compartido, intentó convencerme de ir a un Pingpong show.

Primera incursión en Bangkok

Noviembre es probablemente uno de los mejores momentos para dejarse caer por Bangkok. La época de lluvias ha terminado y los cielos son azules. Se supone que las temperaturas también son más amables, pero a mí no me dan respiro. He perdido la cuenta de los días, semanas que sudo sin parar.

Llegada la noche, detengo a un taxi para que me acerque a Kao San Road por recomendación de una amiga. La sobrecarga de turistas vuelve a los vendedores thais un poco agresivos. También llama la atención que, a diferencia de otros países asiáticos, ellos no ven con buenos ojos que el comprador les haga una primera contra-oferta demasiado a la baja. Tanto es así que cortan la negociación ipso facto y te invitan a largarte de su puesto inmediatamente.

Con mi cerveza local, Chang, y un pad thai improvisado agarro un taburete para observar el bullicio nocturno. Un italiano con acento argentino gusta de compartir mesa y conversación. Un par de botellas más y me ofrece conocer el barrio de su mano. El puesto de gusanos, saltamontes, escorpiones y demás bichos suena tentador. La curiosidad hace que termine con un par de ejemplares entre los dientes. Un ron,  mezclado sin acierto con un refresco de fresa, no logra confundirme lo suficiente y mantengo la cabeza fría para rechazar las repetidas ofertas de entrar a un PingPong show, famoso espectáculo en que, entre otras peripecias, una tailandesa termina tirando pelotas del citado juego de palas por un orificio concebido para otros fines.

Mi noche terminó mucho más relajada gracias a uno de los mejores masajes que me han dado, y no lo digo por el ajustado precio de 5 euros escasos.