5 ene. 2015

Primera incursión en Bangkok

Noviembre es probablemente uno de los mejores momentos para dejarse caer por Bangkok. La época de lluvias ha terminado y los cielos son azules. Se supone que las temperaturas también son más amables, pero a mí no me dan respiro. He perdido la cuenta de los días, semanas que sudo sin parar.

Llegada la noche, detengo a un taxi para que me acerque a Kao San Road por recomendación de una amiga. La sobrecarga de turistas vuelve a los vendedores thais un poco agresivos. También llama la atención que, a diferencia de otros países asiáticos, ellos no ven con buenos ojos que el comprador les haga una primera contra-oferta demasiado a la baja. Tanto es así que cortan la negociación ipso facto y te invitan a largarte de su puesto inmediatamente.

Con mi cerveza local, Chang, y un pad thai improvisado agarro un taburete para observar el bullicio nocturno. Un italiano con acento argentino gusta de compartir mesa y conversación. Un par de botellas más y me ofrece conocer el barrio de su mano. El puesto de gusanos, saltamontes, escorpiones y demás bichos suena tentador. La curiosidad hace que termine con un par de ejemplares entre los dientes. Un ron,  mezclado sin acierto con un refresco de fresa, no logra confundirme lo suficiente y mantengo la cabeza fría para rechazar las repetidas ofertas de entrar a un PingPong show, famoso espectáculo en que, entre otras peripecias, una tailandesa termina tirando pelotas del citado juego de palas por un orificio concebido para otros fines.

Mi noche terminó mucho más relajada gracias a uno de los mejores masajes que me han dado, y no lo digo por el ajustado precio de 5 euros escasos.

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