24 nov. 2014

Tailandia, la tierra de las sonrisas

Con cierta nostalgia me despedía de mis nuevos amigos en la pequeña isla de Gili Trawangan. No sin dificultad, había logrado finalmente reservar un pasaje desde Bali a Bangkok, haciendo escala en Singapur, de modo que llegaba el moento de cerrar capítulo y saltar a un nuevo país del sudeste asiático, Tailandia.

Con el pretexto de estar cerca del aeropuerto, la última noche en Indonesia perconctaría en Kuta, Bali. De todos los lugares que he visitado hasta ahora, éste es sin lugar a dudas el más desarrollado y occidentalizado. Famoso por sus playas ideales para el surf y bonitos atardeceres viendo el sol ponerse por el horizonte marino, también es destino de aquellos que gustan de la fiesta nocturna. Las calles están atestadas de puestos vendiendo todos ellos lo mismo: camisetas, fruta, recuerdos... Abundan las tiendas de ropa cool como RipCurl, Billabong y similares, y no faltan MacDonalls, KFC, Starbucks, Hard Rock Cafe...

Antes de cruzar la frontera en el aeropuerto, la tarjeta de salida te recuerda en un intenso rojo que existe pena de muerte para aquel que ose traficar con drogas. Pago religiosamente las 200.000 rupias de tasa de salida del país con mis últimos billetes y pongo rumbo al norte.

Tailanda me recibe con los brazos abiertos. Un visado de 30 días sin coste alguno, unos noodles con mazorquitas para desayunar y gente tranquila que spera a que los viajeros salgan del tren antes de montar. Por desgracia, el hostel que me había cobrado 6,3 euros por noche no me deja registrarme hasta las 2 pm y son sólo las 11 de la mañana. Cansado y necesitado de una ducha y ropa limpia, me rindo al sueño en la sala de estar.

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