12 nov. 2014

Primera semana

Los días y sus noches prosiguen su curso normal en la tranquila localidad de Sanur, donde se percibe rápidamente su proximidad al aeropuerto y otras zonas más turísticas como Kuta. Se trata, no obstante, de un pueblo lleno de cangrejos arrugados, expatriados jubilados sin gusto por el protector solar.

El calendario me recuerda que ya han pasado los 10 día de rigor en esta isla. Es tiempo de reflexionar. Uno saca ciertas conclusiones, desarrolla nuevos hábitos y comportamientos. Por ejemplo, recordando el culto hinduista de la mayoría isleña, un servidor aprende a no pisar la multitud de ofrendas que ponen por todas partes: desde los templos hasta las motos, pasando por cada esquina en la acera o detrás de tu silla en un bar. Uno toma habilidad en la poco digna tarea de mirar para otro lado y no escuchar cuando los centenares de vendedores te quieren colocar un sharong, un servicio de taxi o una simple pulsera. También acentúa el espíritu regateador para todo.

Aprendes con sufrimiento y resignación que llegar a un sitio nuevo con tu mochila de backpacker y sin reserva de habitación se convierte en una odisea para esquivar los "agentes" que, por supuesto, siempre rezan "precio de amigo, barato barato". A pesar de que en ocasiones se haga cansino, he de reconocer que estos vendedores son siempre agradables y ofrecen una amplia sonrisa. Incluso cuando no te intentan sacar los cuartos de modo alguno, te bendicen el día. Y luego los hay también que te ablandan el corazón. Sin ir más lejos, hoy nos ha asaltado una jauría de ellos, pero en especial un chaval de 13 años nos ha contado que necesita vender sus manualidades, en este caso pulseras, para pagarse el instituto. Según su discurso, el estado paga el grado elemental únicamente, así que cuando termina la jornada lectiva se dedica a reunir las 300.000 rupias que le cuesta al mes. No soy de pulseras, pero la historia me conmovió.

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