24 nov. 2014

Kuta, ¿enclave para surferos?

Tras despedirme de las idílicas playas de arena blanca y relajadas aguas de Gili Air, donde terminé por rodear la isla a pie, un pequeño barco completó sus 35 plazas y partió rumbo a Bangsal, uno de los lugares portuarios de la hermana de Bali, Lombok. Esta isla, a diferencia de Bali y en consonancia con el resto de Indonesia, es de mayoría musulmana. Entre los locales se la conoce como "La isla de las 1.000 mezquitas". Las mujeres visten con velo, aunque haya cuarenta grados al sol y lleven sobre la cabeza una pesada cesta de fruta. Me sorprendió la diferencia con la cultura hindú de Bali aquí no son tan simpáticos ni te regalan sonrisas gratuitas. De hecho, un ponente de la universidad , cristiano, me comentaba que en Navidad la policía acordona la iglesia para evitar problemas.

En Gili Air conocí a una chica polaca y un sueco que coincidían con mis planes para Lombok. En Bangsal, previo regateo, montamos en un taxi hacia el sur: Kuta Lombok. Supuesto paraíso de surferos, y encontrado un modesto hotel donde apearnos, nos dirigimos expectantes a la playa. Tras atravesar la calle principal (la única obviando el paseo marítimo) donde sí había tablas en alquiler, alcanzamos una calurosa playa que, si bien era bonita, estaba desierta y no tenía olas. Nos refugiamos del sol abrasador y entonces nos quemamos con la miriada de vendedores que venían al asalto: cocos, pañuelos "sharong", brazaletes, pulseras... Dotes de convicción no les faltan. De hecho, un chaval terminó por colocarnos una pulsera a cada uno con la conmovedora historia de que el dinero que saca lo emplea en pagar la escuela, que a partir del grado elemental no es gratuíta. Más tarde me enteré, gracias al ponente de la universidad, que mis temores a que me hubiera colado una trola no eran sino justificados.

Al segundo día pude descubrir a que debe Kuta su fama. Mi vieja moto que casi había que empujar en las cuestas me llevó hasta las playas del oeste donde, ahí si, estaban las olas y aquellos que las cabalgan. Por desgracia, mi infección de oído me coibió de alquilar una tabla y meterme en el agua.

Para rematar la visita a Kuta, una maloliente cueva de murciélagos tentaba mi espíritu aventurero. Con chancletas, un paraguas y la débil luz de una linterna nos adentramos en la oscuridad. La lluvia de guano era constante, los bichos que viven de el mismo juguetean entre mis dedos de los pies y alguna serpiente los caza al vuelo. Otra experiencia más.

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